Antonio Saura Atarés (Huesca, 1930 - Cuenca, 1998)
«Crucifixión».
1960.
Tinta sobre papel.
70 x 100 cm.
Firmado, fechado y titulado en la parte central derecha.
Bibliografía:
- GUIGON, E. y otros. «Antonio Saura, Crucifixiones». Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Estrasburgo, Ministerio de Asuntos Exteriores, 2002.
- SAURA, A. «Cuaderno (Memoria del tiempo)». Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Murcia, 1992.
- SAURA, A. «Fijeza». «Ensayos». Galaxia Gutenberg, 1999.
Descripción:
Del fondo negro intenso, aunque lleno de trazos y gestos, surge una cruz asimétrica, del mismo blanco que el papel, que enmarca a un Cristo grotesco con una cabeza enorme coronada de espinas, brazos desiguales con manos que son las del pintor, y una extraña anatomía andrógina, con pechos de mujer y un falo voluminoso. Como suele ocurrir en las «Crucifixiones» de Saura, la cruz, mutilada en este caso, es más horizontal que vertical, lo que determina una posición retorcida de las piernas de la figura, que están dobladas y de perfil, con muslos cortos y de aspecto animal. Es una figura vigorosa e intensa y, al mismo tiempo, llena de un patetismo absoluto, representada a través de un expresionismo brutal que vincula a Saura tanto con el barroco como con la «Action Painting» estadounidense. En palabras del propio Saura: «En el expresionismo abstracto, ya sea figurativo o no, las formas —o los esquemas estructurales preexistentes— se rompen para luego reorganizarse en un ritmo complejo, obedeciendo a una geometría orgánica e inconsciente que busca unificar todo el flujo del cuadro (con sus altibajos) en un único pulso biológico» (A. Saura, 1999).
Sin embargo, este impulso está sujeto a una rigurosa construcción compositiva: el negro no cubre por completo el papel, sino que deja pasar pequeños destellos de luz por la parte izquierda, la parte inferior y la superior, creando diagonales que aportan tensión y desequilibrio. Además, en el espacio reservado de la cruz, la tinta se aplica con diferentes gestos, velocidades e intensidades del movimiento físico del pintor, combinando la pluma, el pincel, el pincel de pintura y la huella de sus propias manos. Así se revelan los ritmos propios de los distintos momentos del flujo creativo —la pausa, la furia y la pincelada lenta— de los que surge una rica variedad de tonos de tinta negra, más opacos o translúcidos, más tenues o más intensos, según el momento.
Saura basó el origen de sus «Crucifixiones», un tema recurrente en su obra entre 1956 y 1996, en su obsesiva fascinación por el «Cristo crucificado» que Velázquez pintó para el convento de San Plácido (fig. 1), que pudo contemplar en el Museo del Prado cuando era niño. Le llamó especialmente la atención el negro intenso del fondo que, según sus propias palabras, «resalta la imagen del cuerpo torturado» (A. Saura, 1992). Para él, esta obra siempre fue un símbolo de intensidad expresiva concentrada, marcada por la tensión entre la luz y la oscuridad, por la presencia de la carne frente al vacío. Sin embargo, las crucifixiones de Saura no son copias, sino que funcionan más bien como citas: a través de la estructura formal y expresiva del «Cristo en la cruz» de Velázquez, se establece un marco que te permite explorar todos los aspectos del sufrimiento inherente a la condición humana (fig. 2). En palabras del historiador de arte Nicolas Surlapierre: «Para Saura, la cruz es un elemento estructural que permite acoger al cuerpo» (N. Surlapierre, «Crucifixions at work», en Guigon 2002).
En la obra de Saura, el Cristo crucificado se convierte en una imagen atemporal del sufrimiento humano, dejando totalmente de lado cualquier matiz religioso. Guiado por su interés por la pintura religiosa y la Edad Media española, el artista convierte este tema en uno de los pilares de su carrera, a pesar de su postura abiertamente anticlerical. En su obra, la crucifixión deja de ser un símbolo religioso o cultural y se convierte en un icono de la tragedia de la condición humana. El «Hombre de Dolores» de Saura es una figura laica, una representación del hombre solo en un mundo siniestro: el artista traduce el patetismo barroco del genio sevillano al lenguaje del drama humano y cultural de la Europa de la posguerra, con una plasticidad radical y una expresividad poderosa. Una de las mejores obras de la serie, un óleo pintado entre 1959 y 1963 y que ahora está en Bilbao (fig. 3), ejemplifica el carácter radical de la obra de Saura en la España de aquella época, al combinar temas tradicionales españoles —que el régimen intentaba asociar con el orden, la tradición y su propia imagen— con un expresionismo violento que surge del estilo gestual del informalismo y del expresionismo abstracto estadounidense.
A nivel formal, las «Crucifixiones» de Saura se basan en una única estructura que se mantiene en imágenes siempre cambiantes, lo que resalta la naturaleza metamórfica de la forma y el juego plástico que se produce al manipular el cuerpo, así como la aparición y desaparición de la figura (fig. 4). En estas obras, ya sean sobre papel o sobre lienzo, es siempre la propia pintura la que expresa el sufrimiento del cuerpo, mientras que el gesto plasma las tensiones y fuerzas que encierra la estructura matricial de la cruz. De esta forma, se controla la violencia expresiva y la imagen adquiere el carácter de un signo plástico, un elemento clave en la obra pictórica de Saura, que está íntimamente ligada a la escritura.
Obras de arte comparativas:
Fig. 1 Diego Velázquez. «Cristo crucificado», hacia 1632. Óleo sobre lienzo, 248 x 169 cm. Museo del Prado, Madrid.
Fig. 2. Antonio Saura. «Crucifixión», 1959-60. Óleo sobre lienzo, 130 x 162 cm. Colección privada.
Fig. 3. Antonio Saura. «Crucifixión», 1959-63. Óleo sobre lienzo, 133 x 164,6 cm. Museo Guggenheim, Bilbao.
Fig. 4. Antonio Saura. «Crucifixión», 1959. Óleo sobre lienzo, 200 x 250,5 cm. Centro Pompidou, París, n.º de inventario AM 1991-186.
Biografía:
Antonio Saura (Huesca, 1930 – Cuenca, 1998) fue pintor y ensayista, y uno de los grandes artistas españoles de la segunda mitad del siglo XX. La primera etapa de su carrera artística estuvo muy marcada por los cinco años que pasó postrado en cama a causa de una tuberculosis ósea. En aquella época se dedicó a leer y a formarse como artista autodidacta. En 1947 empezó a escribir y a pintar, experimentando con un lenguaje que parecía anticipar el surrealismo, algo de lo que no se daría cuenta hasta más tarde. Estas primeras obras formaron parte de su primera exposición individual, cuando solo tenía veinte años, en la sala Libros de Zaragoza (1950). En esta etapa clave de su formación, Saura empezó a interesarse no solo por la pintura, sino también por la poesía y la música, y se sumergió en lo onírico y lo fantástico. Esas inquietudes le llevaron a París, donde conoció al grupo surrealista; sin embargo, pronto se desilusionó con un lenguaje que ya pertenecía al pasado, mientras miraba hacia el futuro a través de la experimentación formal y técnica. El artista lo explicó así: «En los momentos difíciles de mi búsqueda experimental, antes y después de mi ruptura con el grupo surrealista, hice una serie de cuadros muy variados que se centraban en tres aspectos concretos: la fluidez, la textura y el grattage». Al final, el joven pintor dejará de lado su interés por la representación del subconsciente para explorar el automatismo.
En 1957, Saura fue uno de los miembros fundadores del grupo El Paso, en Madrid, un espacio de libertad artística que consiguió situar el arte contemporáneo español en el panorama internacional. Un año después le invitaron a participar en la Bienal de Venecia, junto con Chillida y Tàpies, y en 1959 participó en la Documenta II de Kassel. Antes de que acabara la década, pintó cuadros de gran formato en los que abordaba temas que se convertirían en una constante en su obra, series tituladas «Shrouds», «Portraits», «Nudes», «Nude-landscapes», «Priests» y «Multitudes». En 1960, su éxito internacional se reconoció por primera vez con el Premio Guggenheim en Nueva York.
A partir de los años sesenta, Saura expuso su obra en las principales capitales de Europa, Estados Unidos y Sudamérica, y creó pinturas, esculturas, obras gráficas e incluso vitrales y escenografías. En 1965 quemó un centenar de sus lienzos; un año después, organizó una retrospectiva de obras sobre papel en La Habana. En 1967 organizó un nuevo auto de fe en el que quemó otros cien lienzos, y entre 1968 y 1979 dejó por completo la pintura al óleo, dedicándose desde entonces exclusivamente al papel. En 1977 empezó a publicar sus escritos, sobre todo ensayos sobre arte y artistas, como Goya, Miró, Picasso, Francis Bacon y él mismo. Sus exposiciones antológicas y retrospectivas se celebran por todo el mundo, y desde 1980 participa habitualmente en seminarios y coloquios sobre arte y pintura en el Centro Georges Pompidou de París. En 1981 fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras en Francia, y en 1982 le concedieron la Medalla de Oro de Bellas Artes en España. Actualmente, la obra de Saura se puede ver en importantes colecciones de arte contemporáneo de todo el mundo, así como en el museo de la fundación que lleva su nombre en Cuenca.